El poder de la palabra escrita radica sobre todo en su pretendida autonomía. Los escritores deben tener la libertad de hablar sobre cualquier tema que les venga en gana. Como miembros de una institución del arte, ellos seguramente funcionan como los símbolos de la potencia creativa humana. Sin embargo, por el mero hecho que los autores ejercen esta voluntad y que escriben sobre los temas que les importan a ellos, son ciertamente responsables de la posición que tomen. No existe una instancia neutra. Al momento de bosquejar una trama ficticia o de relatar unos eventos de la realidad, el escritor se convierte en una figura política, una voz que habla al lector con ciertos motivos, por obscuros que éstos sean. Después de reconocer esta responsabilidad política, se puede investigar el problema de la ética literaria, el conjunto de principios que determina cómo el escritor debe responder a su contorno. Es decir, ¿qué tipo de respuesta literaria puede reclamar legitimidad en ciertos momentos y sociedades determinados? Emprenderemos una reflexión más a fondo del tema al considerar unos ejemplos actuales de la historia.
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